La Manada

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El texto a continuación es el prólogo que, junto a mis compañeras Raquel Domenech y Roksana Nievadis, tuvimos la oportunidad de escribir para abrir la publicación de ‘LA MANADA’ de Daniel Dimeco, Premio Max Aub de Teatro en Castellano de la Ciutat de Valéncia 2016. Editada por ÑAQUE editora en colaboración con el Ayuntamiento de Valencia.

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Ha pasado ya tiempo desde que emprendimos el viaje de creación que, en 2015, Daniel nos invitó a realizar y que terminaría en el nacimiento de esta obra. Contábamos con unas premisas como punto de partida: el árido Karoo sudafricano; los nombres de unos personajes, por entonces ajenos a nosotros; el universo literario de John Maxwell Coetzee y, por delante, el desafío de una travesía por recorrer. Un gran regalo para un intérprete.

Como en cada viaje, en cada proceso de la vida y en cada creación artística, las distintas etapas atravesadas y las emociones transitadas han sido nuestros anclajes. Fue verdaderamente excitante engendrar y criar con libertad a nuestros personajes, partiendo de un entorno extraño pero cada día más propio; de unos datos biográficos tan distintos de nuestras coordenadas vitales; de sonidos e imágenes, característicos del desierto al que pertenecían, y que pronto se convertirían en familiares. Fue placentero explorar la animalidad de estas tres criaturas, sus memorias existenciales a través del juego, la ruptura de códigos preestablecidos y las experiencias puestas en común como actores-personas-personajes. Y, en medio de este tránsito y de esta búsqueda, de “inquietante” podríamos calificar el momento en que empezamos a vislumbrar las consecuencias de las “inocentes improvisaciones infantiles” que determinaban la adultez de estos personajes. Seres humanos con sus sombras, carencias y deseos, que llegaban a sorprendernos y ruborizarnos, incluso, cuando los reconocíamos como inherentes a su piel; cuando nos reconocíamos a nosotros mismos en las palabras del autor ya escritas en negro sobre blanco.

El vínculo que hemos creado cada uno de nosotros con estos personajes es directo, íntimo y casi diríamos que inconsciente, del mismo modo que un animal pertenece a su manada desde el nacimiento, como una pulsión, con instinto de dependencia. De semejante forma, somos parte de Vera, Andries y Helen; somos del Karoo.

Antes de esta aventura, los tres actores no nos conocíamos. Y ha sido allí, en aquella granja sudafricana de los Oonde, cerca de Graaff-Reinet, donde hemos ido descubriéndonos y uniéndonos, creando lazos, a través de los mismos personajes que empezaban a tomar forma. Desde lo salvaje, hemos trabajado para descubrir al otro, para descubrirnos a nosotros mismos. Y todavía, aun hoy y mirando todo el trayecto recorrido, nos asalta la pregunta de si acaso existe alguna diferencia entre ellos y nosotros.

Analizando el proceso, llegamos a la conclusión de que aunque estos tres seres vivan en otro hemisferio, respiren el asfixiante aire del desierto o coman potjekos, albergan los mismos miedos, anhelos, necesidades vitales y apegos que nosotros. Todos construimos nuestras vidas en base a patrones heredados e impuestos por los miembros de nuestra manada o de nuestra tribu, ya sea perpetuándolos o rechazándolos, como premio o como castigo.

Y es que a estos actores, como a los habitantes de Karoo Plaas, nos une la innata e inconsciente necesidad de formar parte de una manada, donde cada uno adopta su rol pero siempre con los códigos nacidos en ella. De esta forma, crecerán las posibilidades de conservar el instinto más primario de todo ser vivo: la supervivencia. No sólo como personas, también como intérpretes.

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Raquel Domenech, Roksana Nievadis y Rodolfo Sacristán.

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