REPETIR NO SABRÍA COMO ENTRÉ, PUES ME VENCÍA EL SUEÑO

Fausto Rodolfo Sacristan Faustdoktor

REPETIR NO SABRÍA COMO ENTRÉ, PUES ME VENCÍA EL SUEÑO

En medio del camino de la vida, 

    yo me encontraba en una selva oscura,

    con la senda derecha ya perdida.

¡Ah, pues decir cuál era es cosa dura

    esta selva salvaje, áspera y fuerte

    que en el pensar renueva la pavura!

Es tan amarga que algo más es muerte;

    mas por tratar del bien que allí encontré

    diré de cuanto allá me cupo en suerte.

Repetir no sabría como entré,

    pues me vencía el sueño el mismo día

    en que el veraz camino abandoné.

Más tras llegar al cerro que subía

    allí donde aquel valle terminaba

    que con pavor a mi alma confundía,

al mirar a la cumbre, vi que estaba

    vestida de los rayos del planeta

    que el buen camino a todos señalaba.

Quedóse la aprensión un poco quieta

    que de mi corazón adolorido

    en el lago duró la noche inquieta.

Y como aquel que con aliento ardido,

    del piélago salido a la ribera,

    mira al agua que casi le ha perdido,

mi alma, que fugitiva entonces era,

    volvióse a contemplar de nuevo el paso

    que no atraviese nadie sin que muera.

Tras reposar un poco el cuerpo laso,

    mi camino seguí por tal desierto,

    más bajo siempre el pie que no da el paso.

Y, a apenas el camino me hube abierto,

    un leopardo liviano allí surgía,

    de piel manchada todo recubierto;

parado frente a mí, frente me hacía

    cortando de ese modo mi camino,

    y yo, para volver, ya me volvía.

Era el tiempo primero matutino

    y se elevaba el sol con las estrellas

    que estuvieron en él cuando el divino

amor movía aquellas cosas bellas

    y esperar bien podía, y con razón,

    aunque a la fiera moteada viese,

la hora del alba y la dulce estación;

    más no sin que temor me produjese

    la imagen, que vi entonces, de un león.

 

Me pareció que contra mí viniese

    alta la testa y con hambrientos ojos,

    que parecía que el aire le temiese.

Y una loba, que todos los antojos

    alojar semejaba en su magrura

    y a muchos procuró duelo y enojos,

me llenó de inquietud con la bravura

    que veía lucir en su mirada

    y perdí la esperanza de la altura.

Y, como a aquél que goza en la jornada

    de la ganancia y, cuando llega el día

    de perder, llora su alma contristada,

así la bestia, que hacia mí venía

    me empujaba sin tregua, lentamente,

    al lugar en que al sol no se le oía.

Mientras me deslizaba en la pendiente

    ya mi mirada había descubierto

    a quien por mudo di, por lo silente.

Cuando le contemplé en el gran desierto,

    “¡Apiádate”, yo le grité, “de mí,

    ya seas sombra o seas hombre cierto!”

Respondióme: “hombre no, que hombre ya fui,

    y por padres lombardos engendrado,

    de la mantuana patria. Yo nací

bajo Julio, aunque tarde, y he morado

    en la Roma regida por Augusto,

    la que a falsas deidades ha adorado.

Poeta fui, canté entonces al justo

    hijo de Anquises, que de Troya vino

    cuando el soberbio Ilión quedó combusto

¿Más por qué vuelves tú al amargo sino,

    porque no vas al monte complaciente

    que de todos los goces es camino?”

“¿Eres tu aquel Virgilio y esa fuente

    de quien brota el caudal de la elocuencia?”,

    le respondí con vergonzosa frente.

“De los poetas el honor y ciencia,

    válgame el largo estudio y gran amor

    con que busqué en tu libro la sapiencia.

Eres tú mi maestro, tú mi autor:

    eres tú solo aquel del que he tomado

    el bello estilo que me diera honor.

Mira la bestia que hacia atrás me ha echado,

    sabio famoso, y ahórrame su ultraje;

    por ella pulso y venas me han temblado”.

“Te conviene emprender distinto viaje”,

    me respondió mirando que lloraba,

    “para dejar este lugar salvaje:

que esta, por la que gritas, bestia brava

    no cede a nadie el paso por su vía

    con la vida del que intenta acaba;

y es su naturaleza tan impía

    que nunca sacia su codicia odiosa

    y, tras comer, tiene hambre todavía.

Con muchos animales se desposa

    y muchos más serán hasta el momento

    en que le dé el Lebrel muerte espantosa.

No serán tierra y oro su alimento,

    sino amor y sapiencia reunidas;

    tendrá entre fieltro y fieltro nacimiento.

Verá Italia sus fuerzas resurgidas

    por quien, virgen, Camila halló la muerte

    Y Euríalo, Turno y Niso, con heridas.

De un pueblo y de otro la echará, de suerte

    que habrá de dar con ella en el infierno,

    del que la envidia prima la divierte.

De donde, por tu bien, pienso y discierno

    que me sigas y yo seré tu guía,

    y he de llevarte hasta el lugar eterno

donde oirás espantosa gritería,

    verás almas antiguas dolorosas:

    segunda muerte lloran a porfía;

verás gentes también que son dichosas

    en el fuego, que esperan convivir

    un día con las almas venturosas.

A las cuales, si aspiras a subir,

    más que la mía existe un alma pura:

    con ella, al irme yo, te veré ir;

que aquel emperador que hay en la altura,

    puesto que fui rebelde a su doctrina,

    que yo no llegue a su ciudad procura.

A todo desde allí rige y domina;

    allá están su ciudad y su alta sede;

    ¡feliz aquel a quien allí destina!”

Y dije yo: “Poeta, pues lo puede

    aquel Dios que tú nunca has conocido,

    de este mal libre, y de otro mayor, quede;

llévame donde ahora has prometido,

    y las puertas de Pedro vea un día,

    y a los de ánimo triste y afligido”.

Él echó a andar, y yo detrás seguía.

 

 

La Divina Comedia, Canto I, Infierno.

DANTE ALIGHIERI